Geografía popular del viajero – I. Sobre la teletransportación, destinos y caminos

María José Prado
7 May 2014

 

La ciencia ficción, desde su gran apogeo en el siglo pasado, ha soñado constantemente con la magia científica de la teletransportación, de trasladar instantáneamente un objeto -¡o un sujeto!– a través del espacio. En el 2008, el filme Jumper, basado en la novela estadounidense del mismo nombre, presentó ya, por citar un simple ejemplo, la vida de un hombre que es potencialmente capaz de tomar el sol sobre la Gran Esfinge o de surfear las olas de Hawai antes de volver a la cama en su apartamento en Estados Unidos. Tener el mundo en la palma de la mano puede resultar muy sugestivo, tanto desde los ojos del soñador que quiere recorrer el mundo entero mientras tenga vida en las venas, como para aquel que sabe lo que es vivir en una gran ciudad, dominada por el enorme poder de las horas pico para demostrar que el tiempo y el espacio son relativos.

Sin embargo, si por un momento dejamos de lado la partida en Portal o ese otro libro de Arthur C. Clarke y reflexionamos un momento sobre nuestra vida cotidiana, podríamos descubrir muy pronto que nuestro modus vivendi encaja realmente mucho más con el e-mail que con el viejo servicio de correo de postas. Nuestra rutina está cartografiada mentalmente por todo un conjunto de destinos brillantes; los caminos, los traslados, si no son invisibles, son más o menos irrelevantes, tiempo muerto inevitable que intentamos llenar de alguna u otra forma, con conversación, con música, o con un buen libro si tenemos la suerte –o habilidad– de no necesitar los ojos para seguir desplazándonos. En una vida llena de actividades y eventos, las distancias entre nuestros destinos son más bien obstáculos diarios que ponen a prueba nuestro ingenio logístico y estratégico.

En cierto modo, y no demasiado metafórico, estamos viviendo ya la realidad de la teletransportación. Nuestra imaginación ya anticipa un nuevo destino mientras nos desplazamos, a la vez que tratamos de entretenernos en esa caminata a la casa de un amigo, o en el tren a Londres, o en el agotador vuelo trasatlántico para volver a casa en Navidad. El camino, como esa indescifrable cadena de letras y símbolos de algunas direcciones web, es intrascendente.

Por supuesto, a veces el camino nos saca conversación y de pronto reparamos en lo bonita que es la calle que atravesamos todos los días para ir a clase, o apreciamos el mar en el horizonte, o que el dueño de aquella casa encantadora ha podado los setos. Y claro, si por casualidad hacemos un viaje largo por tierra –ya sea en tren, bus o en carro– y nos adentramos paulatinamente en un territorio inexplorado, el paisaje probará ser bastante más llamativo que en nuestros paseos diarios –ello si decidimos viajar despiertos o atentos al escenario.

Sin embargo, hablando en términos más generales, los caminos que conectan los destinos, aunque sigan dibujados sobre los mapas y los suelos de nuestras naciones con las líneas de las calles y autopistas, han dejado de ser importantes en sí mismos. La tecnología –empezando con la misma invención de la rueda– muy paulatinamente, pero con mucha intensidad desde la revolución industrial, ha hecho la teletransportación una realidad. Nunca antes (y estas palabras aplican al futuro que tenemos por delante) había sido más fácil estar conectados global y físicamente. Nuestros múltiples destinos diarios se han ido acercando: un tren nos permite trabajar y vivir en ciudades distintas. París, Abu Dhabi y Tokio nunca habían estado tan cerca: un avión nos permite despertar en una de estas ciudades y dormir en la otra. Moscú y Vladivostok, separadas por 9,055 km, tienen ya entre sí solo un vuelo de 8 horas y media; hace 100 años, en un período con teletransportación menos intensa, habría tomado algunas semanas recorrer dicha distancia a bordo del famoso tren transiberiano, y algunos siglos antes de eso, alrededor de unas 2 mil horas caminarla.

2 mil horas. El panorama de lo que podrían representar 2 mil horas en el camino suena incluso aterrador en un momento histórico bastante acostumbrado a más intensos índices de teletransportación. Con tantos kilómetros por delante, el usual entretenimiento de la mente en la pre-vivencia del destino empezaría a perder fuerza. Conforme aumentan las distancias, el camino deja ese aspecto adormilado que nos muestra en el día a día y, ya incapaz de ser ignorado, se levanta con todo su misterio, variedad y exuberancia. Poner pie en un proyecto así –en verse obligado a olvidar el destino y a vivir el camino, se convertiría realmente en una aventura hacia todoeso que se ha quedado ya perdido u olvidado en los mapas llenos-de-destinos pero sin-caminos del siglo XXI. [Continuará…]

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